3.-
La obra de Marx y Engels aparece en la actualidad como el único método que, además de explicar coherentemente el pasado, permite comprender qué está sucediendo a escala mundial y, lo que es más importante, cuales son las tendencias fuertes ante el futuro. Estas son las razones que explican la actual "vuelta al marxismo", y también las que explican que este reaparezca, renazca de sus cenizas, cada vez que, tras haberlo dado por muerto, las exigencias de la lucha de clases a escala mundial imponen su vuelta a escena. Ahora bien, cada vez que el marxismo es dado por muerto se produce en su interior una verdadera autocrítica creativa, un repaso de las causas que le han llevado a esa situación y, a la vez por su mismo contenido dialéctico, un enriquecimiento de su método para responder a las nuevas formas que adquieren las contradicciones esenciales del capitalismo. Lo más significativo de estos resurgimientos radica en que se producen tras grandes convulsiones sociales que han demostrado el creciente distanciamiento entre la realidad y la teoría.
Ya hemos visto anteriormente cómo en estos momentos los marxistas --Marx, Engels, Lenin, Mao, Trotsky, Che...-- han realizado un especial esfuerzo en el estudio de la dialéctica y en su aplicación a una teoría que cada vez quedaba más retrasada con respecto a la rapidez evolutiva de la realidad. También ha habido momentos de auge y gloria de investigación marxista en economía y en política, por ejemplo, con el estudio del imperialismo cuando la economía burguesa no le prestaba ninguna atención. Sin embargo, y sin minusvalorar la extrema importancia de las aportaciones de Bujarin, Rosa Luxemburg, Trotsky y Lenin sobre el imperialismo, pienso que lo decisivo para el método marxista es la capacidad de recuperación de su instrumental dialectico-materialista, que permite, por un lado, demostrar la esencia, el fondo y el contenido del capitalismo; por otro lado, aprender nuevas aportaciones e integrarlas en el sistema general del método, enriqueciéndolo, y, por último, partiendo de esa base, descubrir las nuevas manifestaciones de los fenómenos, la superficie y el continente del capitalismo, siempre en movimiento. Esto es lo que está sucediendo en la actualidad es algo tan básico como la comprensión del proceso de explotación de la fuerza de trabajo global de la especie humana por una minoría explotadora.
Inicialmente, la teoría marxista se concentró en algo tan elemental como demostrar que ha historia se mueve por la lucha por el control del plusproducto, del excedente social colectivo, por la lucha de clases, en suma. Esta base irrenunciable del marxismo, expuesta y teorizada desde sus primeros textos, fue, sin embargo, abierta a una visión más amplia cuando se ciñó a la fase conocida por la documentación escrita. Posteriormente fue enriquecida por la comprensión teórica de la explotación de la fuerza de trabajo emigrante, étnica, etno-nacional y nacional, etc., es decir, por los beneficios globales que el sistema dominante extrae de todas las formas de explotación que de un modo u otro se basan en las diferencias de identidad colectiva; y, también, de la explotación sexo-económica de la mujer por el hombre, es decir, por la lucha contra los beneficios económicos, sexuales, psicológicos, etc., que el hombre extrae de la mujer. Mientras que primero surgió la opresión sexual, luego la etno-nacional y por último, en la secuencia histórica, la clasista, el marxismo captó primero la lucha de clases, luego la nacional e inmediatamente después la de sexo-género. También captó algunos aspectos importantes de la contradicción entre el capitalismo y la naturaleza.
Pues bien, como veremos, la mejora del método e integración de nuevos descubrimientos –características inmanentes al materialismo histórico-- ha sido decisiva para que el marxismo pueda responder a las nuevas necesidades de lucha que, en síntesis, responden a la dialéctica de agudización y modernización de la lógica del máximo beneficio como respuesta inexcusable para desatacar las crisis capitalistas. Dejando sin precisar la línea que conecta explotación, opresión y dominación en la dinámica de producción de plusvalía material y simbólica, hay que decir que conforme se expande y dificulta la acumulación capitalista, debe aumentar la explotación intensiva y extensiva del Trabajo por el Capital. Esto es lo que buscaba la contraofensiva mundial burguesa lanzada desde mediados de la década de los ’70 y que se conoce más superficialmente como "neoliberalismo", destinada a derrotar estratégicamente al Trabajo que se lanzó entre finales de los ’60 hasta finales de los ’80 del siglo XX a una tenaz oleada de luchas de sexo, nacional y de clase. Mas grave todavía, en la medida en que el neoliberalismo no ha logrado esa victoria decisiva, aunque sí ha obtenido victorias muy importantes y hasta desastrosas para sectores concretos del Trabajo, para naciones y pueblos, etc.; pese a estas grandes victorias parciales pero no una victoria histórica como fue, por ejemplo, en nazi-fascismo, por ello, en la actualidad el capitalismo está endureciendo y mejorando su ataque para responder a la nueva oleada de luchas iniciada a finales del siglo XX.
Afirmar que asistimos a una nueva oleada quiere decir que defiendo la existencia de otras oleadas o fases u ondas de luchas globales entre el Trabajo y el Capital. Pienso que hasta ahora podemos apreciar cuatro grandes oleadas al menos en el capitalismo occidental: la de 1770-1849, la de 1865-1914, la de 1917-1939 y la de 1945-1990, y estimo que desde mediados de esta década estamos en una quinta oleada. Para un debate más detallado remito al lector al texto: "Aproximación sintética a la nueva oleada de luchas en el centro capitalista", sito en la www.basque-red.net. No utilizo la palabra "ciclo" --ciclo de luchas-- porque me parece inapropiada para la especificidad de los conflictos humanos. Puede valer, y con algunas restricciones, para la ciencia newtoniana y determinista, pero en absoluto para la naturaleza social, abierta a la incertidumbre y la intervención humana, y por ello a la irrupción de lo nuevo, a la emergencia de nuevas realidades en momentos de crisis de no retorno. Debemos comprender que existen diferencias de una fase u onda a otra, que nos remiten a cuestiones políticas, organizativas, de experiencia más o menos traumáticas de las masas de aprendizaje obrero y popular de nuevas formas de resistencia y autoorganización, etcétera.
Por ejemplo, el impacto de la represión posterior a la oleada de revoluciones de 1848, y la pasividad durante la crisis posterior hasta el comienzo de las luchas en la mitad de 1860; por ejemplo, el impacto del patrioterismo burgués de 1914 y los costos de la guerra posterior, unido a las lecciones de las luchas de 1917; el impacto del terror nazi-fascista y de la segunda guerra mundial entre la oleada que concluye en 1939 y la que empieza en 1945. Hay que tener en cuenta en cada oleada los cambios en las formas organizacionales, en la psicología colectiva, en la misma estructuración interna de la clase trabajadora, en las nuevas presiones burguesas y una larga lista de otras circunstancias que van variando. También va variando la coyuntura y el contexto en cada Estado o región amplia de lucha nacional e internacional, y el contexto mundial. No es lo mismo la lucha de clases en el capitalismo preimperialista de 1770-1849, que el del capitalismo de finales del siglo XIX comienzos del XX, por no analizar el de la mitad del siglo XX.
Quiero decir que hay que volver a la dialéctica, no aplicar la solución de Procusto a la historia y menos aun a las nuevas experiencias sociales sino, como insistiera machaconamente Lenin, hacer análisis concretos de circunstancias concretas, en sus interacciones con los demás procesos y siempre descubriendo el movimiento de sus contradicciones internas. Y volver a la dialéctica exige también integrar lo nuevo en lo permanente en cuanto esencia; es decir, rastrear en lo profundo del modo capitalista de producción hasta encontrar las grandes líneas de intereses sociales irreconciliablemente enfrentados, de modo que, en el caos actual, muchas veces propiciado por la industria propagandística burguesa y los intereses del reformismo, podamos mantener recta la brújula revolucionaria. En este sentido, remito al lector interesado al texto: "Cuadro explicativo de las dos teorías antagónicas sobre el contexto mundial: la burguesa neoclásica, marginalista y neoliberal, y la marxista", disponible en www.basque-red.net, www.lahaine.org, www.rebelion.org, y www.lafogatadigital.org.
Utilizando esta metodología marxista, podemos comprender que, por una parte, a lo largo de estas oleadas aparecen embrionariamente al principio, incluso en la critica radical del socialismo utópico inglés a la economía política burguesa, las bases esenciales, posteriormente ya desarrolladas, de debate de las cinco crisis que luego, durante todo el siglo XX, preocuparán a los sucesivos socialismos. Y, por otra parte, también aparecen en la fase actual, pero con lo aprendido del fracaso del stalinismo más los cambios introducidos por la contraofensiva capitalista de finales del siglo XX. Incluso, aparecen las bases del sexto bloque de crisis, bastantes de las cuales también están presentes en el socialismo utópico y que llegan a tomar cuerpo definitivamente a finales del siglo XIX. Del mismo modo, un siglo más tarde, las experiencias inscritas en este sexto bloque de contradicciones adquieren una importancia cualitativa por la simple razón de que el capitalismo no ha tenido otro remedio que mercantilizarlas, subsumirlas, alienarlas, introducirlas en la dinámica de la acumulación, lo que ha supuesto la movilización en su contra de los sectores sociales afectados.
Analizando esta problemática desde la perspectiva aquí empleada, el potencial de la obra de Marx y Engels aparece claramente porque, si bien es en su madurez cuando llegan a desarrollarlo plenamente, no es menos cierto que son las prácticas de las masas y de las organizaciones las que abren los horizontes que confirman y superan dialécticamente a la teoría; y al superarla dialécticamente la enriquecen y la preparan para nuevos retos. De este modo, por ejemplo, el debate sobre el imperialismo "supera" las limitaciones temporales objetivas del marxismo de Marx y Engels, pero confirma y enriquece su método. Pues bien, lo mismo hay que decir con respecto a los restantes problemas descubiertos en las cinco crisis y en el sexto bloque de crisis. El problema, entonces, se nos plantea a nosotros, que debemos agilizar dicha dialéctica, del mismo modo que lo hicieron los revolucionarios en los momentos cruciales. Ahora es un momento crucial porque la contraofensiva capitalista tiene unos objetivos feroces.
Hay que tener en cuenta que, a diferencia de las formas de salida de las crisis estructurales anteriores, desde comienzos de los ’70 las burguesías imperialistas no pueden desencadenar otra guerra mundial. Las múltiples guerras locales provocadas por el imperialismo no han logrado iniciar otra oleada larga de expansión sostenida como la de 1948-1973, por poner las fechas más consensuadas. Además, el capitalismo no encuentra otra rama productiva que haga de locomotora de otra revolución industrial, como fueron, por ejemplo, la química científica y las guerras napoleónicas; la máquina de vapor, el tren y los barcos de hierro; el motor de explosión interna, la electricidad, el militarismo y el coche utilitario, todo ello dentro de los cambios en las disciplinas laborales y en los sistemas de regulación estatal, etc. Comparado esto con el fracaso anunciado del bluff de la "nueva economía", financierización, teléfonos portátiles, juegos electrónicos, ofimática, y, en suma, con los límites de la "revolución tecnológica", es manifiesto que actualmente el recurso básico para aumentar los beneficios sigue siendo el aumento de la explotación.
Además, a diferencia de otros ataques burgueses al Trabajo, el que se inició a mediados de los ’70 y se está mejorando y ampliando en la actualidad, se caracteriza de abarcar una serie de objetivos y finalidades que si bien algunas de ellas ya aparecían en ataques precedentes, ahora aparecen, por un lado, mucho más desarrollados y precisados; y, por otro lado, dentro de una estrategia más coherente y unitaria que antes porque el capitalismo de comienzos de los ‘70 disponía de un mando jerárquico superior al de otras fases históricas de este modo de producción. No hace falta comparar el poder disciplinario y hegemónico de los EEUU desde 1945 hasta 1975, fecha de su derrota en Vietnam, con el que habían tenido las ciudades del norte de Italia, los Países Bajos y el Reino Unido, respectivamente, en sus momentos de auge. Además, el poder de los EEUU era reforzado por instituciones internaciones totalmente fieles a sus dictados que nacieron en 1944 precisamente bajo dirección de los EEUU. Tampoco debemos olvidar otras instituciones como la tétricamente celebre Trilateral y sus "recomendaciones" e informes de aquellos años, por no hablar de otras organizaciones no publicas y hasta secretas mediante las cuales el capitalismo mundial dirigido por los EEUU respondió a la potente oleada de luchas iniciada a finales de la década de 1960.
Utilizando estos recursos, el imperialismo lanzó una contraofensiva que, en síntesis, ha llevado al extremo la explotación en cinco grandes áreas cruciales para entender la actual situación de la Humanidad. En primer lugar, por su importancia no solo cuantitativa por abarcar algo más de la población humana como es el sexo femenino, sino cualitativamente sobre todo por su decisiva función en la recomposición psicosomática de la fuerza de trabajo social; en las nuevas disciplinas de explotación laboral flexible, desarreglada, sumergida e impune, y también por su directa relación con la producción social de las identidades de los pueblos, de las naciones, sobre todo de las oprimidas por el capitalismo, por todo esto, la opresión de la mujer es un objetivo prioritario del imperialismo desde los ’70. Para más información remito al lector a mis textos "Modos de producción, patriarcado y triple opresión", "Capitalismo y emancipación nacional y social de género", y "FMI y opresión de las mujeres", colgados en www.basque-red.net y "Algunas tesis sobre la producción social de identidades nacionales", colgado en www.lahaine.org.
En segundo lugar, el capitalismo también está llevando al punto de no retorno el antagonismo de la lógica del máximo beneficio con la capacidad de carga del planeta, que algún marxista ha definido sugestivamente como "segunda contradicción" del capitalismo, la que le enfrenta con la Naturaleza, siendo la primera la que le enfrenta con el Trabajo. Además, y es necesario insistir en ello, esta "segunda contradicción" tiene una muy directa y estrecha conexión con la explotación de sexo-género, como intento exponer en "Ecología y feminismo en Euskadi", también en www.basque-red.net, y con la opresión nacional para apropiarse de las reservas materiales y energéticas vitales para abaratar costos y aumentar los beneficios del Capital. En tercer lugar, el capitalismo fuerza la subsunción de la capacidad humana de pensamiento racional y científico en el capital constante y en el capital fijo, como simples componentes de las fuerzas productivas y como un paso más en el proceso objetivo de asalarización del trabajo intelectual como trabajo complejo disciplinado para la producción mercantil. La subsunción en el capital constante y fijo del trabajo intelectual, de la "ciencia", para decirlo con terminología al uso, multiplica los focos de tensión, lucha y reivindicación social y abre perspectivas que no puedo exponer aquí, por lo que remito al lector a "Emancipación nacional y práxis científico-crítica", y "Algunas consideraciones sobre ciencia, tecnología y emancipación", ambas en www.lahaine.org y "Algunas relaciones entre capitalismo, globalización y tecnociencia" en www.basque-red.net.
En cuarto lugar, la ya brevemente analizada implosión de la URSS y de su área de influencia europea, tema al que no volvemos ahora. Y en quinto lugar y como expresión central y definitivamente grave del objetivo último de la contraofensiva imperialista iniciada en la segunda mitad de los ’70, el inmisericorde ataque no solamente a la centralidad del Trabajo como elemento imprescindible para asentar materialmente el transito de la conciencia-en-sí a la conciencia-para-sí, sino al esencial significado del trabajo propio y libre, no alienado, como cualidad definitoria del ser humano genérico, según lo entendían Marx, Engels y toda la filosofía marxista. Siempre ha existido en la ideología burguesa un rechazo absoluto del componente epicúreo que forma parte de la filosofía marxista, pero sobre todo la ideología dominante rechaza la posibilidad --por no hablar de la necesidad-- de que exista otra capacidad de trabajo cualitativamente diferente a la impuesta por la burguesía al proletariado. Con el neoliberalismo se ha llevado al extremo la obsesión burguesa por reducir el trabajo a simple mercancía, impidiendo toda posibilidad de que sea reconocido como la distintiva cualidad humana de crear valores de uso y disfrute colectivo, y por ello esencialmente unido a la creación de la cultura y al disfrute del placer.
Estos cinco objetivos centrales hacen que la actual contraofensiva capitalista tenga una gravedad y una profundidad extremas, sobre todo cuando está siendo mejorada en la actualidad, como veremos. La única diferencia importante que le puede poner por detrás de otras es que, en esta, no existe una guerra mundial al estilo de la de 1940 y la de 1914; o de las guerras napoleónicas o de las guerras entre los Países Bajos y el Reino Unido en el siglo XVII, por citar verdaderas "guerras mundiales" decisivas para la historia capitalista. Es cierto que el imperialismo, sobre todo el yanki, compensa esa solución histórica tan frecuente como brutal con un sinfín de guerras locales no menos estremecedoras. De todos modos, hay que insistir en que la contraofensiva capitalista lleva al extremo ataques ya realizados con anterioridad porque corresponden a la lógica interna del sistema pero, tales ataques, además de ser más duros, también generan nuevas formas de lucha tradicionales que deben adaptarse a los cambios; y hasta de nuevas luchas, con nuevos sujetos que expresan los cambios en la centralidad del Trabajo. Comprender que la lucha entre el Trabajo y el Capital es una permanente dialéctica de continuidades y cambios que siempre se desenvuelve dentro de los parámetros impuestos por las contradicciones del modo de producción capitalista, es vital para, primero, captar correctamente la dialéctica de lo nuevo y lo viejo en la actual oleada de luchas; y, segundo, no caer así en los tópicos reaccionarios que sostienen la "desaparición de la lucha de clases", o en los reformistas que plantean cosas tan estrambóticas como la "sociedad civil mundial", por ejemplo.
Que el Capital no ha logrado su objetivo central fijado hace dos décadas, destrozar al Trabajo e iniciar otra larga fase histórica de intensa ganancia, pese a las importantes victorias tácticas obtenidas, se demuestra, por un lado, por el rápido inicio de otra oleada de luchas y, por otro lado, por la no menos rápida respuesta reaccionaria. Conviene que nos detengamos un poco en esta cuestión porque nos da una idea muy aproximada de la situación actual. Conviene recordar qué buscaba el imperialismo cuando, por ejemplo, impuso allí donde pudo, que no solamente contra los pueblos amerindios, los dictados del Consenso de Washington como resumen oficial del neoliberalismo: salvaguarda de la propiedad privada burguesa y del modelo neoliberal de desarrollo volcado en la exportación; privatización de las empresas públicas y cesión a la burguesía de grandes masas de capital social; apertura total de mercados e indefensión ante los capitales internacionales; supremacía del mercado, debilitamiento del Estado y drástica reducción de los servicios sociales; liberalización financiera y de tipos de cambio.
No olvidando estas tácticas feroces y los objetivos que buscaban, comprendemos mejor la importancia de la resistencia del Trabajo, capaz de mantener mal que bien y muchas veces con el aliento casi agotado, una suficiente capacidad de reacción para lanzarse a otra oleada de luchas. Es decir, nos encontramos en medio de una fuerte y celérica agudización de la lucha de clases, que apenas ha tenido un tiempo corto de estancamiento. Por ejemplo, si comparamos el triunfalismo capitalista por la implosión del stalinismo con la situación actual, vemos que la burguesía no ha logrado en modo alguno todos sus objetivos. Si comparamos la situación del Cono Sur latinoamericano durante las dictaduras de los ’70 y ’80, con su presente vemos que pese a todos los ataques de los EEUU actualmente el panorama es muy diferente al que se imaginaban los criminales yankis. Si comparamos la euforia del "modelo japonés" de los ’80 con su situación actual, en parte debida al miedo de su burguesía a arremeter brutalmente contra sus trabajadores, a pesar de los ataques ya realizados, también vemos las limitaciones de la segunda burguesía del planeta. ¿Y qué decir de la real situación interna en los EEUU, que no en su falsa imagen propagandística?
Podríamos poner una larga lista de ejemplos idénticos que confirman que el capitalismo no solamente no obtuvo la victoria decisiva que buscaba sino que, a pesar de las serias derrotas tácticas infligidas al Trabajo, este ha logrado en medida recuperarse e iniciar una nueva oleada de luchas. Pero, antes de pasar a analizar las constantes y las novedades de y en esta oleada, interesa repasar rápidamente las direcciones y objetivos del ataque generalizado del Capital contra el Trabajo. Solamente conociendo la extrema dureza y gravedad de la embestida burguesa podremos, en primer lugar, elaborar los métodos para vencerla y, en segundo lugar, comprender la constancia historia de la lucha de clases, en contra de tanta palabrería reaccionaria sobre su extinción. Por ahorro de tiempo, me he permitido el lujo de transcribir los siete puntos más característicos de dicho ataque, que aparecen en el texto sobre el "Cooperativismo obrero, consejismo y autogestión socialista", del 16 de diciembre de 2002, que aparece en la www.basque-red.net y en las otras ya citadas:
Uno, el ataque implacable a la centralidad unitaria del trabajo en cuanto totalidad e integralidad psicosomática de la especie humana, rompiendo esa unidad psicofísica para imponer sólo una parte, la del trabajo supuestamente desmaterializado, la del llamado trabajo intelectual o del conocimiento, negando el carácter y contenido de trabajo al otro componente de la unidad dialéctica, el del esfuerzo y el sudor. La supuesta "economía del conocimiento" expulsa así a una creciente masa humana de los sistemas de salario menos injusto --nunca existe salario justo y menos aún digno, por definición-- condenándolos a la precariedad y al empobrecimiento socioeconómico, pero sobre todo hundiéndolos en el abismo de lo subhumano, de la reducción a simples bestias de cargas. El Capital busca, en síntesis, excluir de lo humano al trabajo bruto, animal, sudoroso, condenándolo a lo subhumano, y, a la vez, reducir lo humano sólo a la elite y casta intelectual propietaria de conocimiento. De esta forma, se abarata enormemente el precio de la reproducción de la fuerza de trabajo social, por ello se abarata la mercancía, y muy posiblemente se aumenta la tasa de ganancia. Se deshumaniza al Trabajo para aumentar el beneficio del Capital.
Dos, la multidivisión de la clase trabajadora en varios niveles y fracciones, reduciendo la cuantía del obrero industrial taylor-fordista y ampliando las escalas de técnicos bajos y medios, de servicios, de asistencia y mantenimiento, e incluso dentro mismo de los trabajadores industriales al potenciar artificialmente las escalas de salario. Se busca al final la total individualización de las relaciones contractuales entre el patrón como unidad de clase, con múltiples instrumentos de planificación y centralización, sobre todo el Estado burgués, y el trabajador como unidad individual aislada y carente de cualquier referencia colectiva y clasista.
Tres, la reducción al máximo de la efectividad sindical aunque manteniendo una mínima presencia sindical para activarla como apagafuegos en momentos críticos. A la vez, la potenciación de además de la individualización contractual, también del trato directo y exclusivo entre los grupos de trabajo del toyotismo y de la producción flexible con la administración patronal, enfrentando a los grupos entre sí, cuando no se puede enfrentar a los trabajadores individuales entre sí. Simultáneamente se busca el corporativismo o a lo sumo el sindicalismo amarillo, empresarial y colaboracionista, pero como mal menor.
Cuatro, la precarización de la existencia de la clase obrera y del pueblo trabajador, aumentando su debilidad e indefensión ante la dictadura del salario, imponiendo condiciones laborales brutales, multifraccionadas y carentes de derechos elementales. Se trata de crear un ejército industrial de reserva invertebrado, atemorizado y pasivo. La feminización del precariado es una de las más incontrovertibles realidades, y hacen de las mujeres una fuerza de trabajo abundante, barata, dócil y muy apta para la explotación intensiva y extensiva no en capital y en tecnología sino en puro y duro esfuerzo físico agotador. Igualmente, dentro de la precarización y agravándola se incluyen la sobreexplotación de los jóvenes y la exclusión de la tercera edad, y, sobre todo, la reinstauración del esclavismo bien mediante los inmigrantes bien mediante el trabajo infantil clandestino.
Cinco, la imposición de una tecnociencia productiva incompatible con el trabajo en cooperación liberadora, destinada a aumentar la explotación del trabajo y asegurar además de la insolidaridad obrera, también a acelerar la expropiación del saber obrero y su inmediata subsunción en la producción capitalista, como un componente más de la tecnociencia burguesa. La patronal es consciente de que las actuales innovaciones técnicas son ambivalentes y pueden facilitar la cooperación liberadora del trabajo contra el Capital, y para impedirlo depura esa técnica al someterla a la tecnología y la tecnociencia burguesa, autoritaria y jerárquica, que sólo admite la producción flexible y el toyotismo como única cooperación burguesa posible.
Seis, la ruptura de la unidad vivencial de la geografía productiva y del espacio de recuperación de la fuerza de trabajo, separando lo más posible la fábrica y/o lugar de trabajo asalariado del domicilio, y ambos del lugar de compras, de sanidad, de educación, de papeleo administrativo, de diversión, etcétera. La destrucción del espacio material y cultural de recomposición de la fuerza de trabajo supone; sobre todo, el debilitamiento extremo de la capacidad de pensamiento crítico y creativo, de autoorganización y de socialización colectiva del saber obrero y popular. A su vez, el aumento del tiempo de transporte y de tramitación cotidiana, a la vez que agota psicosomáticamente también aumenta los costos y reduce la autonomía económica, sobrecarga a las mujeres, multiplica las tensiones intrafamiliares y debilita o rompe las redes de solidaridad, ayuda mutua y cooperación obrera y popular.
Y siete, la separación lo más posible de los focos y lugares de poder y de administración de los espacios de cooperación obrera y popular, para evitar que se repitan las experiencias anteriores, cuando el poder obrero llegaba a controlar gran parte de los instrumentos del poder burgués. Esta es una práctica estratégica que no debemos menospreciar o tener como superada e imposible de repetirse. Las concentraciones, manifestaciones, huelgas con presencia en la calle, revueltas, motines y estallidos urbanos, pertenecen por código genético de la autodefensa obrera y popular al proceso ascendente que tiene a concluir en las insurrecciones por espontáneas que sean. No existe dato alguno en los últimos ciento cincuenta años de historia de la geografía social y del espacio urbano que permita pensar que esta tendencia ha quedado definitiva e irreversiblemente superada. Al contrario. La burguesía internacional es cada día más consciente del peligro potencial que se acumula en las urbes sometidas a crisis múltiples e interrrelacionadas.
Frente y contra semejante ataque, que aquí hemos resumido muy sucintamente, el Trabajo está respondiendo con una amplia gama de opciones. No debemos sobrestiman ni magnificar esta respuesta. Tampoco debemos subestimar ni minimizar la fuerza del Capital, de sus impresionantes instrumentos de sorda coerción, de control y represión, que tienen en el Estado burgués la pieza clave, la oficina que centraliza estratégica y hasta tácticamente la compleja red y múltiples brazos y tentáculos del pulpo represivo. Sobre este decisivo tema, tan superficialmente despreciado por muchos "ultraizquierdistas" que, desde un cierto anarquismo, parte del estructuralismo y del postmodernismo, desde todas estas y otras corrientes tan distantes en apariencia, incluido un supuesto "marxismo" que entierra componentes esenciales del marxismo, desprecian el fundamental papel del Estado de la burguesía, remito al lectora a ¿Podemos hablar solo de represión cuando hablamos de represión? en www.basque-red.net y "Relaciones entre control social y estrategia represiva" en www.basuqe-red.net, www.lahaine.org y www.nodo50.org/kolectivolientur.
Tomando, por tanto, las precauciones necesarias, partiendo de aquí, sí podemos apreciar seis características que de un modo u otro y con diversas intensidades y relaciones mutuas variables, aparecen en la actual oleada de luchas.
La primera es la vuelta de las practicas de apoyo mutuo, de autoorganización defensiva en la base popular, en los barrios, escuelas, fabricas, etc., para desarrollar sistemas de apoyo social, de solidaridad en problemas cotidianos vitales que van desde las cocinas colectivas a las asociaciones de todo tipo, pasando por colectivos culturales y grupos de ayuda. En cada zona del planeta, el Trabajo se autoorganiza según sus tradiciones y necesidades, pero siempre superando ampliamente el individualismo burgués. Aunque las relaciones con los aparatos institucionales son siempre complejas y frecuentemente tensas, los grupos autoorganizados mantienen una clara voluntad de independencia operativa y teórica hacia el institucionalismo. El fracaso de las ONGs y la capacidad de recuperación de las múltiples formas del apoyo mutuo, desde las barriadas del centro capitalistas hiperdesarrollado hasta las del capitalismo dependiente, aplastado y estrujado, es una experiencia que preocupa sobremanera a la burguesía. No se puede negar la muy directa conexión de estas practica con las de la democracia socialista en las luchas revolucionarias del siglo XX, y sobre todo con el debate sobre las causas de la crisis de burocratización del stalinismo.
La segunda es la reaparición de la economía de trueque directo por parte de las masas depauperadas pero conscientes y sabedoras del funcionamiento del capitalismo. Históricamente, la alternativa de la economía de trueque concatena en directo con las tesis del socialismo utópico y con las alternativas de acabar cuanto antes con el dinero. La creación de vales, de boletos, de cheques no oficiales, de "dinero" que no es dinero en el sentido capitalista, es una constante en la historia de la autoorganización del Trabajo, pero también de grupos y colectivos alternativos dentro del capitalismo desarrollado. La economía de trueque está muy directamente conectada con el apoyo mutuo, pero supone un paso más consciente ya que es una alternativa no mercantil que compite abiertamente con el sacrosanto mito del mercado. Naturalmente que la economía de trueque, si quiere sobrevivir, necesita de una socialización más amplia y profunda, de unas conquistas políticas que, por un lado, minen esencialmente el poder del viejo Estado burgués y, por otra parte, aceleren el proceso de autoextinción consciente del Estado obrero. No hace falta decir que ni una ni otra es irrealizable sin la paulatina superación histórica de la ley del valor-trabajo, de la foma-valor y de la mercancía. Esto nos lleva directamente a otro de los debates estratégicos de la historia del socialismo.
La tercera es la iniciativa popular para acceder al control de pequeños pero interesantes micropoderes de base, de ayuntamientos y barrios, de comunidades y de municipios, de instituciones sociales y asistenciales. Poderes que pese a su pequeñez y por sus estrechas y cotidianas relaciones con la vida de las masas, con sus problemas más cercanos, pueden permitir y de hecho permiten un acercamiento, contacto y conocimiento mutuo y práctico entre las masas y los colectivos, grupos y organizaciones revolucionarias. Poderes pequeños pero importantes que la burguesía necesita controlar de cerca pero que no puede hacerlo siempre, ya que, según la acción popular, se abren grietas y fisuras que permiten la iniciativa del Trabajo. El Estado burgués reacciona de muchos modos coercitivos, represivos, administrativos, burocráticos, etc., destinados a controlar o, en su defecto, destruir la autonomía municipal, supeditándola a las grandes empresas, al propio Estado y/o a otras instituciones. En esta lucha se confirma el antagonismo entre la democracia burguesa y la democracia socialista, la primera con el poder del Estado y la segunda muy embrionaria y débilmente asentada en inseguros espacios sociales relativamente liberados de la dictadura del Capital.
La cuarta es la tendencia al ascenso de la autoorganización de los colectivos que reflejan y sufren la explotación capitalista en lo que definíamos arriba como el sexto bloque de crisis en el stalinismo, y que entonces, pero también a finales del siglo XIX, estaban ya creciendo. Desde el feminismo hasta el arte, pasando por el amplio "mundo subjetivo", además de la liberación sexual, la ecología, el alternativismo, la ciencia, el estudiantado y un largo etcétera, en este amplio campo se produce una transformación significativa. Recordemos que el grueso de estas problemáticas dieron cuerpo los famosos "nuevos movimientos sociales" de finales de los ’60 del siglo XX, pero también a muchas experiencias en fases sucesivas de la historia europea capitalista. Pero lo nuevo en la oleada actual es que el empobrecimiento, la precarización, la destrucción de recursos sociales, la desestructuración y descentración de franjas antiguas del Trabajo y la aparición de otras nuevas, etc., todo esto hace que los "nuevos movimientos sociales" de los ’60 y ’70 deban moverse ya en otro contexto social muy diferente, y deban teorizar y practicar desde realidades estructurales muy diferentes a la de los años de abundancia. La "nueva pobreza", el "nuevo vagabundeo" y restantes efectos de la licuación de lo que la sociología burguesa define como "clases medias" --generalmente altos asalariados-- son un ejemplo de tales cambios. La cruel y masiva "feminización de la pobreza", efecto de la sobrexplotación patriarcoburguesa, es todavía más expresiva.
La quinta es la tendencia al aumento de la dialéctica entre el independentismo y el internacionalismo, reactivando y enriqueciendo los debates de dos de las crisis básicas de los socialismos fracasados. La intelectualidad y la prensa capitalistas de comienzos de los ’90 afirmaban a grandes gritos que los cambios que se estaban dando --la globalización tal cual la interpretaban-- facilitaban el triunfo de la "ciudadanía del mundo", del cosmopolitismo al estilo occidental, sobre el oscurantismo nacionalista. La "globalización" acabaría con los "atrasos regionales". Ha sucedido todo lo contrario, repitiéndose el mismo proceso de renacimiento de las identidades colectivas cuando se auguraba su extinción. Junto a esta recuperación se ha producido también un renacimiento de la solidaridad entre los pueblos y entre las gentes, expresada en muchos actos y de muchas formas. La experiencia ha contradicho así otro de los mitos reaccionarios: que los pueblos nos íbamos a despedazar mutuamente a no ser que los EEUU y el imperialismo en general impusieran el "Nuevo Orden Mundial", expresión con claras resonancias fascistas. No ha sucedido ni lo uno ni lo otro. Los pueblos nos hemos puesto en pie mucho más de lo que el imperialismo esperaba; el supuesto "Nuevo Orden" ha demostrado ser un desorden caótico e inhumano y la solidaridad internacionalista se expresa cada vez más en propuestas alternativas.
La sexta y última es la tendencia a la recuperación de formas históricas de poder obrero, de poder del pueblo trabajador, que se movilizan ofensivamente, que no solo defensivamente como respuesta a un ataque previo. Si bien la ocupación de locales, casas abandonadas, Iglesias y centros vecinales, escuelas y universidades, centro de trabajo y hasta empresas, ha sido una constante en la lucha del Trabajo contra el Capital, esta costumbre ha reaparecido, y no solamente en los países más aplastados, también en el centro imperialista. En las duras condiciones de empobrecimiento y precarización impuestas por la burguesía, el pueblo trabajador, su juventud u otros sectores han empezado con diferentes velocidades a expropiar a la burguesía de pequeñas propiedades. Se trata de un paso tímido en muchos casos pero siempre valioso y siempre inquietante para el Capital. Más inquietante y hasta peligroso conforme aumenta la ocupación de fabricas, conforme lo locales liberados sirven para multiplicar la autoorganización e interacción de los grupos, para demostrar con la práctica que se puede realizar otro modelo social superior al capitalista. Además de los muchos peligros que esta autoemancipación del Trabajo supone para el Capital, tenemos el de la reactivación del debate sobre la legitimidad ético-moral, además de práctica, del socialismo en su quehacer cotidiano, diario, en los barrios, pueblos, fabricas y escuelas, comunas y cooperativas dentro mismo de la dictadura burguesa. Estas practicas de autoliberación del Trabajo legitiman el proyecto socialista, pero dentro de los siempre muy limitados espacios posibles dentro del capitalismo.
Hay que insistir en el que son tendencias, procesos abiertos, reversibles, sujetos a los vaivenes de la lucha entre fuerzas irreconciliables. No son procesos mecánicos, automáticamente determinados para vencer. Más incluso, las diversas burguesías y sus organizaciones represivas internacionales, estrechamente unidas a sus respectivos Estados dentro de la jerarquía imperialista existente, disponen de oficinas privadas y públicas de estudio de las debilidades y fuerzas de las tendencias descritas y de otras menores que no podemos exponer. Partiendo de los resultados obtenidos y utilizando los grandes recursos del Estado burgués, las fuerzas reaccionarias mejoran sus paradigmas, sistemas y estrategias represivas contra el Trabajo. Ahora mismo, como síntesis de la estrategia represiva imperialista, la política de los EEUU es un fiel ejemplo de lo que se está planificando para la primera década del siglo XXI, como mínimo.
La obra de Marx y Engels, para concluir esta ponencia, nos ha permitido mejor que ninguna otra de cualquier autor, comprender y explicar las razones de estos cambios. Es un mérito innegable, tanto que no faltan intelectuales burgueses que lo reconocen, aunque se limitan a reducir el marxismo a una especial forma de interpretar la realidad. Ahora bien, la fuerza del marxismo no radica tanto en su contrastada capacidad de explicación racional y científica de la historia, que también; si no sobre todo en su capacidad praxeológica para guiar desde dentro, en el mismo ojo del huracán, el proceso revolucionario que tiende a aparecer y expandirse según van confluyendo en la misma dirección las contradicciones objetivas con las subjetivas. Conforme se unifican ambas corrientes en un poderoso torrente, aumenta a su vez la importancia crucial de la intervención humana capaz de dirigir las leyes dialécticas de la sociedad humana, leyes tendenciales, abiertas y contradictorias. Todo el siglo XX y la mitad del XIX, para hablar de la temporalidad burguesa, han confirmado esta realidad ya anunciada por el marxismo. Las grandes y hasta espantosas tragedias acaecidas en el siglo XX, han llegado a eso, a ser tragedias, porque en los momentos en los que pudo evitarse su degeneración incontrolable al caos y al desastre, falló la dialéctica entre lo objetivo y lo subjetivo.
Al comienzo del siglo XXI las contradicciones y limitaciones estructurales del modo de producción capitalista están más agudizadas que nunca antes y la escalofriante posibilidad de mutua destrucción de los bandos en lucha, ya anunciada como viable al inicio mismo del Manifiesto Comunista, es más palpable ahora que antes. De todas las construcciones intelectuales realizadas desde aquella fecha, la marxista es la que mejor ha superado la prueba del tiempo. ¿O tenemos que recordar ahora las promesas del liberalismo burgués; del conservadurismo malthusiano; del marginalismo; de la sociobiología de finales del XIX; de la sociología de Comte, Spencer, Weber, Durkheim, Pareto y tantos otros; de la socialdemocracia de Bernstein; del reformismo laborista del matrimonio Webb; de los vaivenes y traición última de Kautsky, Hilferding y otros; del socialismo cristiano y católico, por citar algunos predecesores del reformismo actual? ¿O tenemos que recordar as sucesivas modas filosóficas idealistas y sus abstrusas divagaciones sobre "el hombre"; del irracionalismo nazi-fascista y, con matices, del de la ideología burguesa de buena parte del siglo XX; de las promesas del keynesianismo; de la "cientificidad neutral" del funcionalismo yanki; de la miríada de intelectuales aupados a la fama espúrea por el Capital y sus aparatos como la CIA y otros; de las siniestras tonterías del neoliberalismo y de la "nueva derecha"...?
Ha sido el pensamiento burgués en todas sus formas el que ha fracasado durante el siglo XX. Pero esto no preocupa al Capital porque si algo caracteriza a la lógica de la acumulación es precisamente supeditar todo pensamiento al máximo beneficio, sacrificando y condenando al olvido aquél que no sea rentable. También en esto ha tenido razón el marxismo. El Capital no se rige por pensamiento, sino por dinero y por explotación. Por el contrario, las advertencias marxistas de que el brujo burgués ha invocado espectros fantasmales que no puede ahora controlar, se han cumplido. Y no ha sido mayor el cúmulo de desastres y sufrimientos porque la humanidad trabajadora ha detenido y controlado mal que bien la infernal marcha burguesa a la explotación total y/o al suicidio colectivo. A lo largo de esta vibrante, heroica y ética lucha, la humanidad trabajadora ha sufrido derrotas y fracasos, pero no ha sido ni derrotada definitivamente ni ha fracasado del todo. Por el contrario, empieza de nuevo a intentar tomar el cielo por asalto, como otras veces. Vencer o ser derrotada no dependerá ni de dioses ni de demonios, sino de ella misma. En este sentido básico y decisivo, el marxismo es más actual y válido para el siglo XXI que para el XX.
EUSKAL HERRIA 16-1-2003